Hace unos días os pregunté en Instagram sobre qué os gustaría que hablara en el blog, ya que siempre me ha gustado escribir y lo tenía un poco abandonado.
Cuando leí esta pregunta me emocioné, no me había parado a pensar nunca en ello y al hacerlo recordé todos estos años que he vivido con el diagnóstico de Adriana y Thiago.
Antes que nada, agradecer a la persona que me la hizo.
Me encantaría contaros que si, que si se supera, pero creo que no es mi realidad. Quizás esta no sea una respuesta esperanzadora para vosotros papás que acabáis de recibir un diagnóstico, y lo siento, por no daros ese alivio que sé que necesitáis ahora.
Hace ya 7 años que recibí el diagnóstico de Adriana, y 3 años de Thiago.
Me sigue temblando la voz, y brillando los ojos, cada vez que entra alguien nuevo a la plantilla del trabajo y hablando de los hijos tengo que contar que los míos son sordos. Cada vez que cuento sus historias.
Me sigo emocionando cuando he tenido que hablar con algún médico, y sigo sufriendo de ansiedad cada vez que Estibaliz, su pedagoga del cole, nos cita para tutoría.
Busco y miro las orejitas de cada niño que veo pasar, y me da un vuelco el corazón cuando rara vez encuentro uno con sus implantes.
Me sigo poniendo nerviosa cada vez que vamos a sitios concurridos y siento la mirada de la gente en ellos, en sus implantes. En sus miradas perdidas de curiosidad queriendo descifrar lo que ocurre con ellos.
Cuando recibí el diagnóstico sentí como se rompía todo lo que conocía como ‘maternidad’ y pensé que con el tiempo todo se pondría en su lugar, que sería un dolor pasajero. La realidad para mi ha sido otra, he aceptado que no se irá, que tampoco necesariamente se sentirá menos, porque pasan los años y ‘el agua sigue rozando mi nariz’.
Ellos crecen y cuando creemos que hemos superado una situación, aparece otra, y cuando creo que puedo tomarme un respiro pasa algo que me recuerda que no. Mis hijos son sordos lo son desde que nacieron y lo serán hasta el día que me muera. Les daría mi cóclea, el tímpano o lo que necesitaran si pudiera evitar que se sometieran a situaciones que a mi me cuestan tanto.
Me cuestan a mi, que nací oyendo, que no conozco otra realidad que no sea la del ruido en cada momento del día. Y esto es algo que he podido aprender con el paso de los años, viendo crecer a Adriana, y viendo como me demuestra cada vez que hay una situación que a mi me asfixia, que a ella ni la despeina.
El diagnóstico duele como un puñal en el corazón, o como miles. Cada uno lo canaliza a su manera, que yo lo viva así no significa que sea mejor o peor mamá. Mi marido desde siempre ha llevado el diagnóstico diferente. No significa que él los quiera menos, o se preocupe menos por ellos. Él con ese dolor y esa situación, ha hecho lo que ha podido, ha aceptado y entendido que no hay la opción de rebobinar y cambiar algo en ellos. Porque simplemente no lo necesitan.
Detrás de cada diagnóstico hay una mamá y un papá roto. No se trata de superarlo, se trata de que ese dolor no los paralice. Convertirlo en fuerza para luchar por ellos, por su futuro y por cada piedrecita que a nosotros nos parece una montaña.
El diagnóstico también te da esperanza y te traza el camino hasta donde queremos llegar. Transforma tu vida hasta tal punto que ya no recuerdas como era antes. Empiezas a conocer palabras que ni sabías que tenían un lugar en el diccionario, comienzas a parecer doctorada en audición, cuando nunca has sabido ni lo que era el oído medio.
No he superado el diagnóstico de mis hijos sordos. Ni si quiera sé si quiero superarlo. Para mí se trata de mucho más que eso. Es algo inevitable, una respuesta física y psicológica, donde abarca la injusticia, la esperanza y la confianza de que podrás con ello y con todo lo que se viene.
Mamás y Papás de niños sordos no luchéis por superar algo que no necesita ser superado. Usar esa energía en trabajar con ellos y hacer de sus vidas las más felices y ruidosas.




