Miedo y discapacidad

Desde que nacemos nos rodeamos de diferentes miedos, algunos fáciles de vencer y otros nos acompañan a lo largo de toda nuestra vida. Con el tiempo, algunos miedos evolucionan, quizás por las experiencias que vamos teniendo.

Mi mayor miedo fue convertirme en madre. Me había adentrado en muchas aventuras, algunas buenas, otras no tanto, pero ninguna como ser madre.

Ahí conoces el miedo de verdad, en primera persona como un meet & greet. Todos esos miedos que parecían el fin del mundo se vuelven insignificantes y empiezas a experimentar, al que yo llamo, el miedo real. No quieres que nada le pase, ni que una mariposa se le pose. Todo gira por y para él.

Dieta equilibrada, deporte, clases extraescolares, métodos super novedosos de aprendizaje, juguetes de otra era. Y resulta que todo ese esfuerzo no vale para nada, pues cuando un hijo llega con alguna discapacidad empieza una lucha interna contra el mundo. Un mundo que no está preparado para las personas con discapacidad.

De un día para otro todos tus planes cambian y te enfrentas a algo nuevo, que no sabes ni por donde empezar. La madre ejemplar, la que intenta ser la número 1, se ve frustrada. Pues, cada clase de preparación al parto, cada libro de maternidad y cada segundo dedicado a convertirse en la mejor madre, resulta que no sirvió de nada, y te pilla ‘sin estudiar’, sin saber ni si quieras que es eso de hipoacusia neurosensorial, ¿me tomas el pelo?.

Muchos miedos se apoderan de ti: «¿Estaré a la altura?, ¿Sabré enseñarle?, ¿Podré enseñarle a hablar?, ¿Podré enseñarle a oír?, ¿Cómo me comunico?…»

Y un sin fin de preguntas que a priori no tienen respuesta, y que ni si quieras tú sabes cuando se responderán.

Ves como el miedo empieza a devorar cada rincón de tu ser, te ahoga y te aplasta, sin piedad, mientras tienes los ojos clavados de esa persona que sin tú esperarlo y ni si quieras saberlo, te enseñó a vivir, aunque tuvieras que conocer la cara más amarga de la maternidad.

Maternidad que cada día te pone aprueba, que cada día te exige tu mejor versión y no hay vacaciones, porque te necesita y lo sabes, y no puedes hacer otra cosa que no sea desvivirte para que tenga la mejor vida posible.

Yo, al igual que tú, sentí en un momento de mi vida el mundo caer, me sentí tan pequeña que moría, pero ningún miedo iba a incapacitarme.

A día de hoy, y siempre lo digo y lo diré. La discapacidad de mi hija fue sin duda el mayor palo que haya podido vivir, el mayor miedo que haya podido sentir, pero sin duda sé que vino a enseñarme. Me ha enseñado tantas cosas de la vida, que me he sentido una ignorante.

A ti, que tienes un hijo con discapacidad, te digo que tu mayor arma será la paciencia, la constancia, pero sobre todo el amor. El mundo se caerá pero tú te levantarás con él, y sabrás en todo momento hacer lo mejor que sabes hacer, la mejor mamá para él.

Que el miedo al fracaso no te impida conseguirlo.

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